Eran los años 2000, pero aquel rincón del mundo aún conservaba un persistente y añejo olor a los 90. Era un lugar que no llegaba ni a la categoría de pueblo, llamado Tablaza. Un amigo de la infancia —Miguel era su nombre, aunque le decíamos «El Loco», gracias parcero, donde quiera que estés, por ser el encargado de llevarme por la ruta de la música— me compartió unos CDs quemados. En la superficie plateada, con marcador negro y letra temblorosa, se leían los nombres de muchas bandas. Una llamó poderosamente mi atención; su nombre me hizo imaginar un sonido crudo, pesado y violento, similar al de las bandas que ya habíamos quemado como Slayer, Sepultura o Cannibal Corpse. Pero aquello no tenía nada que ver.
Esa banda era Extremoduro.
Cuando empezó a sonar, la voz era lo único duro. No por ser gutural, sino porque se escuchaba aporreada, golpeada por la vida misma. Uno imaginaba que, antes de pararse frente al micrófono, el tipo se había bajado una botella de trago del más barato y se había fumado, con soplete, un taco entero de cigarrillos. Y aun así, en medio de esa carraspera, era hermosa. Era la voz de un profeta de alcantarilla, un Jesucristo García cualquiera que confesaba: “Y yo, que nunca he tenido / ni una religión ni un dios, / y yo, que por no tener / no tengo ni sitio fijo”.
Los instrumentos sí eran extremos a su manera. Aunque carecían de la distorsión saturada del metal que yo esperaba, provocaban un sube y baja de emociones auditivas brutal. Desde ese momento no paré de escucharlos. Me perdí en La vereda de la puerta de atrás, sintiendo cómo “el sol me da en la cara, y tengo que cerrar los ojos”, huyendo de una realidad que me asfixiaba. Entendí la ironía del perdedor en So payaso, y me hundí en la melancolía de Standby, aprendiendo que a veces uno pasa la vida «buscando la sonrisa de la niña / que sepa hacerme sentir que el mundo es menos mierda».
Era extremo y, sobre todo, duro. Cada letra era una queja, un lamento, un reclamo hecho música que me generaba una belleza misántropa; esa belleza rara donde, de tanto odiar al mundo, uno termina cuidando lo que odia. Adopté su filosofía como un escudo, la de Buscando una luna: «Desde que tú no me quieres / yo quiero a los animales / y al animal que más quiero / es al buitre carroñero». Era el himno de los que nos sentíamos fuera de lugar, de los que sabíamos que “la cabeza se me va, y no la encuentro”, como en Sucede.
Pasaron los años y, tras un desenganche por culpa de la cotidianidad y la «puta vida», Extremoduro volvió a mí por épocas con un álbum que lo cambió todo: La ley innata. Una joya que bien podría ser parte de mi herencia, pues fue el detonante para dedicarme a escribir como nunca antes. Aquel inicio con Dulce introducción al caos me desarmó por completo:
“¿Cómo quieres que escriba una canción si a tu lado no tengo corazón? La que se avecina… el día que me faltes me arranco la vida.”
Y seguía con el Primer movimiento: El sueño, y el Segundo movimiento: Lo de fuera, enseñándome que “la realidad es solo una promesa”. En varios textos de esa época lo llamé «Don Roberto», imaginándolo en una tienda de barrio vendiendo su arte como si fueran dulces; dulces psicóticos que me impulsaban a crear. Gracias a él me di cuenta de que yo era pésimo para hacer música, pero quizá no tan malo para escribir. Entendí que “la vida es una cárcel con las puertas abiertas” y que había que aprovecharla antes de que Coda flamenca (otra realidad) nos llevara.
Así nació mi primer texto consciente, una vaina sobre los sentidos titulada: “Lo que sienten los con-sentidos”. Lo compartí con profesores de mi carrera esperando correcciones o validación, pero su respuesta fue de genuina preocupación: “¿Estás bien? ¿Escribiste esto en un momento difícil?”. Yo solo respondía: “Estoy muy bien, solo estaba escuchando a Extremoduro y las letras salieron solas”. ¿Cómo explicarles que mi inspiración venía de alguien que cantaba “me juego el tipo mirándote a los ojos” o que pedía a gritos “salir a beber, el rollo de siempre” para escapar del tedio?
Y así llegamos a hoy, a esta memoria personal sobre cómo conocí la voz de un hombre capaz de hacernos pensar lo que sentimos. Robe Iniesta es un inmortal, de esos que nacen cada siglo, un artista necesario en este mundo actual tan superficial de likes vacíos, donde todos parecen olvidar su Autorretrato: “Ni me importan los fueros, ni los ten con ten / si me tocan los huevos, no me tocan bien”.
Robe, Roberto Iniesta Ojea, no se quedó solo en Extremoduro. Ya nombré varias de sus canciones en solo. Su música como solista no perdió la esencia; al contrario, se volvió más íntima, más de piel hacia adentro. Y claro, ahí estaba yo para recibirla, para recordarme que la mayoría del tiempo solo oigo, pero no escucho. Quizá sea por mero instinto de supervivencia, porque hoy en día hay poca música que merezca ser escuchada de verdad, o tal vez porque entendí aquello de El poder del arte: “Tal vez, si pudiera hablarte / de una vez por todas de frente / dejaría de ser un arte / para hacerse un poco indecente”.
Dediqué varias de sus canciones, follé con ellas de fondo y, confieso, a veces disfruté más de los versos que del polvo. Había algo sublime en tener de banda sonora a Golfa, susurrando «deja que te diga cosas al oído / para que te acuerdes si no estás conmigo / y quiero ser rey de tu cama…». O sentir cómo se erizaba la piel con Si te vas, sabiendo que «se le nota en la voz, / por dentro es de colores». Fue hermoso ver cómo se dilataban las pupilas de placer de alguien que lo escuchaba por primera vez. Ser testigo de ello era una quimera, un placer poco común, casi como ver “un caballo de cartón / que de noche se vuelve de verdad”, era un “Tango suicida”.
Porque quienes amamos la música disfrutamos haciendo lo que hizo mi amigo Miguel: llevar a otros por esa ruta, regalarles una nueva definición de lo que es «extremo» y «duro», algo más acompasado al sentir. Enseñarles a danzar con la cabeza y con el pecho, “por encima del bien y del mal”, rompiendo barreras como en Puta, dejándonos la piel en cada intento.
Robe entendió que la música es alimento, y ahora yo trato de dar ese pan a todo el que lo necesita. Él será recordado entre los grandes y, mientras el mundo entra en una sordera crónica de tanto oír ruido sin escuchar nada, sus sonidos y sus letras trascenderán el tiempo, recordándonos siempre aquella verdad absoluta que gritamos tantas veces:
“Ama, ama y ensancha el alma.”
Pero hoy, de su propia voz, sonara La canción mas triste.
«He llorado tanto
¡Y he llorado tan adentro!
He llorado tanto, tanto
Que he apagado hasta el infierno».








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